Mi árbol de la vida

 

Es un poco loco….o tal vez, no tanto. Durante la tercera clase del Taller de autobiografía que realicé a lo largo de todo el 2022, la profe nos convoca a que armemos al menos un boceto de nuestro árbol genealógico y lo loco es que yo lo había estado armando los días anteriores. Me había puesto en contacto con mi padre y mi tía N, para averiguar algo más de mis ancestros. Mi árbol está bastante bien nutrido con tintes italianos, griegos y criollo-españoles así que, el paisaje se presentó realmente variopinto.

Yo fui gestada a los tres meses de casados de mis padres: R.V.C. Mangione (alias Saro) y L.C. Panagiotas. Los Mangione venidos del sur de Sicilia y los Panagiotas de la antigua cuna de la democracia. De la misma unión, también tenemos la presencia de Sandra María Verónica Mangione, mi hermana que hace 28 años vive en Alcalá de Henares, España. Como verán, nunca fue un problema de familia el poner nombres a los recién llegados. Mis nombres son Cecilia Laura. Mi madre quería nombrarme Cecilia, vaya uno a saber el por qué. Entonces mi padre propuso María Cecilia a lo que mi madre se opuso advirtiendo que siempre sería llamada solamente María. Por lo que, después de la concertación, terminé llamándome Cecilia Laura. Para mi hermana, íbamos por un camino semejante. Mi madre quería Verónica, mi padre proponía María Verónica y yo, el de Sandra, nombre de una hermanita de una amiga. Listo: convinimos en no escatimar nombres para mi hermana y le pusimos los tres, por las dudas.

El padre de mi padre, de nombre Carmelo, era realmente una persona a la que hubiera querido haber tenido más tiempo de poder conocer. Un ser humano sumamente sensible, respetuoso, cariñoso. Dejó su casa de Sicilia a muy corta edad debido al no soportar el maltrato que su padre le prodigaba a la bisabuela Catalina, decidiendo probar suerte en Argentina. Su padre, el bisabuelo ídem, o sea Carmelo, en un rapto de buena fortuna para Catalina, decidió dejarla a cargo de sus cuatro hijos y venirse a la Argentina a vivir "con" y "de" su hijo, el bueno de mi nono. No quiero ni pensar en las penurias que debió atravesar la pobre Catalina para criar a cuatro. Mi nono, fue uno de los obreros que construyeron el puerto de Rosario. Más tarde, alquiló una pequeña chacra en la que cultivaba alfalfa para venderla como comida para caballos de carrera. Si bien él y mi nona Josefa vivían a tan sólo 4km de distancia en la provincia de Agrigento, Sicilia, finalmente se conocieron en Rosario….hablando de cosas locas, no?

Cuenta la leyenda familiar, que un día salió a caminar desde lo que hoy sería el centro de Rosario y, enfilando para el oeste, recorrió un largo trayecto rezando y pidiéndole a Dios que le "indicara" de algún modo, el lugar donde debería afincarse. Después de un largo recorrido, alcanzó a divisar lo que consideró "la señal": sobre un montículo importante de piedras, se erigía una virgen que mi abuelito Carmelo entendió como "su lugar". Juntó dinero y cuando tuvo que casarse compró el primer terreno disponible que había en la cuadra de enfrente, en la que viviríamos cuatro generaciones más. Allí, comenzó a construir su casa para los cinco hijos que vendrían. Aún atesoro la carretilla que le ayudó a construirla.  Y como el lote llegaba hasta al menos  50m de largo, tuvo la posibilidad de armar el lugar para los animales con los que cambiaría de rubro en su trabajo: el lechero del barrio Echesortu de Rosario. Todas las mujeres lo adoraban porque él siempre tenía tiempo para charlar con cada una: del tiempo, de los mosquitos, de los hijos, de las enfermedades que aquejaban por aquel entonces, etc. Mi padre, contando con apenas siete añitos, era el responsable de asistir al suyo. Era el único varón de los cinco y como además también era el más travieso, las mujeres de la casa deben haberse sentido bendecidas de tal asistencia. Muy temprano de mañana, había que ordeñar y preparar la jardinera con la que salían a repartir la leche del día. Por supuesto, que de tarde iba a la escuela primaria y, de hecho, llegó a terminar el ciclo básico del secundario en perito mercantil con el correr de los años en la famosa Escuela Superior de Comercio.

El papá de la nona Josefa, Vicente, se casó con Vicenta (seguimos con las cosas locas de familia). Por lo que cuentan, esta pareja parecía llevarse bastante bien. De todos modos, Vicente se vino solo a la Argentina en el afán de la América pero tal parece que la confianza de fidelidad de Vicenta en su marido no era lo suficientemente robusta  y, dudando que además de América haya encontrado a alguien más seductora, decidió tomarse un barco y venirse con sus hijos para las pampas.

Mi madre, fue concebida como la segunda de tres hijos que tuvieron Demetrio Panagiotas y Adelaida Vallejos. Mi abuelo Demetrio, nacido en Atenas, era un hombre sumamente reservado pero también muy cariñoso. Probablemente por ser la primera nieta de la rama materna todos, mis abuelos y mis tíos (N y J), me querían y me mimaban muchísimo. Mi tío J, el enfermero que prefirió seguir su carrera dentro de la fuerza naval, se mudó a Punta Alta y formó familia. Nunca supimos mucho de él hasta que llegó el mes de Junio de 1982. En pleno mundial de fútbol de España, llegó un día a mi casa sin avisar ya que no quería dejar pasar más tiempo sin vernos. Fue una forma de agradecer a la vida el haber podido volver de esa inexplicable guerra sano y salvo.

Mi tía N, se puede decir sin lugar a dudas, mi segunda madre, siempre estuvo gustosa de mi compañía (y aún lo está). Como el nieto materno que siguió llegó seis años después, mi tía y su esposo M, mi segundo padre,  no dudaban en llevarme de viajes: Buenos Aires, Cariló, Pinamar, San Juan, San Luis fueron lugares que conocí de pequeña, gracias a ellos. Ella me contó que sus abuelos maternos se llamaban Rosa Gómez y Alcides Vallejos y que vivieron toda su vida en Villa Ocampo, provincia de Entre Ríos. Rosa era una excelente cocinera, razón por la cual mi bisabuelo Alcides compró una hermosa cocina para sus exquisiteces. Lamentablemente, un día explotó y Rosa murió como consecuencia de las quemaduras. Alcides por otra parte, si bien trabajó la tierra, su vocación fue la joyería fina. Qué alegría saber que tuve un antepasado con semejante habilidad en las manos!!

Por desgracia, no tengo mayores datos de mis bisabuelos maternos griegos. Sólo recuerdo que mi abuelo contaba que de chico su mamá, a veces lo bañaba en nieve para reactivar su sistema circulatorio. Mi abuelo Demetrio era un embarcado marino y contaba que de jóvenes, él y un amigo, vinieron a probar suerte a la Argentina, afincándose en Rosario. Supongo que al conocer a mi abuela Adelaida tomó la decisión de quedarse y despedir a su amigo que volvió a la península greca. Su amigo se llamaba Onassis, pero no uno cualquiera….ese Onassis.  Hablábamos de cosas locas, no?

Demetrio, aún mayor,  caminaba mucho todos los días y como era asiduo de varios negocios, en una panadería muy grande y reconocida de Rosario, la Europea, le regalaban las medialunas que habían quedado del día anterior. Mi abuela tenía en su pequeña cocina una especie de armario-despensa donde recuerdo nítidamente, que acomodaba una bolsa de papel de harina, de esas que compran los panaderos, donde guardaba todas las medialunas que traía mi abuelo. Esas medialunas, pasadas por su vieja tostadora, eran para mí el equivalente a las mejores medialunas de Mar del Plata y el placer de acompañarlas de su café con leche, sólo era comparable con darse el gusto de un servicio de té en el Llao Llao.  Para mí eran días de regocijo aquellos en los que pasaba en casa de estos abuelos. Un día, no recuerdo bien cómo lo supe, mi abuela comentó que una de sus vecinas amigas era la madre de Ángel Landucci, mediocampista de Rosario Central, el club de mis amores. Esa misma tarde estaba llamando por teléfono a mi madre que, con sus dotes para el dibujo, me hizo un pergamino para llevárselo a la Sra. Landucci, el cual me lo autografiarían todos los jugadores campeones del ´73. Aimar, el colorado Killer y su hermano, Aldo Pedro y obviamente, Landucci. Lo tenía pegado en la pared de mi cuarto y lo miraba todos los días solazada.

Mi padre fue fotógrafo social cuando yo era pequeña pero ya trabajaba en una empresa alemana importadora de materiales metálicos para construcción. Así que, como estaba en ventas, a menudo salía de recorrida por la provincia de Santa Fe y parte de Córdoba. Como buen hijo de tanos, para él no había nada como las pastas pero nada de manteca o crema, sólo tuco. Así que, cuando con mi madre sabíamos que se iba a trabajar por unos días, comprábamos unos exquisitos ravioles de ricota y los hacíamos simplemente con manteca y queso: placer de los dioses y nuestro también.

Son tantas las anécdotas de este gran clan de nombres kilométricos que no cabrían en un solo libro. Como en todas las familias, hemos pasado por alegrías y tristezas, acuerdos y desavenencias, momentos de calma y otros de mucho stress pero no dudo que lo más importante de todo es el haber tenido siempre a mano, diferentes lecciones de vida. Después de todo, de eso se trata, no?, de hacerse cargo de esas lecciones y aprehender las enseñanzas que nos dejan.




 

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El para qué de este blog

Un día en la la Isla de Wight

Claire: mi profe, mi amiga del alma