Mis casas, mis lugares en el mundo....Parte I

 

Tengo que ser sincera: todas mis casas han sido mi lugar en el mundo, durante el tiempo que las habité, claro. Porque en las casas, pienso que es donde se hace más evidente ese inconsciente colectivo del ser humano que ha buscado desde miles de años, un techo donde guarecerse, formar una familia y poder reproducir la especie. Pero si bien a lo largo de mi vida, estos espacios siempre los sentí como hogares, eso no significa que esos sentires sean los mismos en cada uno de ellos.....ni para siempre.

Cuando entramos en la treintena de años y después de varios en los que alquilamos departamentos céntricos en Rosario con mi primera pareja, decidimos que era tiempo de comprar nuestra propia casa. Pero en vez de focalizar nuestra búsqueda en dicha ciudad, él tuvo el buen tino de orientarnos a conseguir algo en lugares que estuvieran en ciudades cercanas a Rosario. Por eso mismo, terminamos comprando una casita que, si bien estaba acondicionada como casa de fin de semana en Funes (distante sólo 7 km de Rosario), tenía mucho parque, un quincho con parrilla y una pileta enorme para refrescar nuestros calurosos veranos rosarinos. La casa la entregaban totalmente desocupada así que comenzamos nuestra vida en Funes con los pocos muebles que teníamos. La cama matrimonial, había sido un regalo de mi tía preferida. La tía N, nos la había obsequiado hacía ya unos cuantos años, cuando se había decidido a cambiar la propia por un juego más moderno. De roble, con espaldar acolchado y forrado en cuerina verde, con dos mesitas de luz integradas a la cama, para nosotros era como pasar a dormir en uno de esos lechos reales adornados de baldaquino. Pero la casa era tan chiquita que, tanto la cama como la cómoda que venía con ella, entró justísima en el dormitorio que tenía en la parte superior. Abajo, era toda una sola planta, con lugar para acondicionar un comedor, un cuartito donde alojamos nuestro placard, un pequeño espacio que hacía las veces de living y otro aún más diminuto, donde cocinaba como podía. Todavía sigo soñando con una cocina acorde a mis necesidades culinarias, con una linda isla en el medio y parrilla que despierte nuestros sentidos más carnívoros en días invernales o sea, en el 90% del año barilochense. Afuera, el parque contenía plantas con flores, un retamo que daba gusto aspirarlo en verano, una palmera en el frente, una pequeña galería que hacía las veces de garaje y un cuarto para la bomba de agua. Pero también gozábamos de una pileta de proporciones considerables, la cual me parecía más considerable cada vez que llegaba el verano y debía limpiarla periódicamente. Comprábamos bidones de lavandina de alta concentración que un día tuve la mala fortuna de probar una de sus gotas en uno de mis pulgares, la cual provocó una cicatriz que aún conservo. Recuerdo un sábado en particular, que siendo las 10,30 am, yo rasqueteaba las paredes mientras la radio me informaba que ya estaba soportando una temperatura de 33°. Eran días en las que tomaba sol pero  tardaba cinco minutos en refrescarme y posiblemente no salir por el resto de la tarde de la pileta o llegar a casa muy tarde del trabajo, quitarme la ropa y disfrutar del agua templada que hubiera dado envidia hasta a un delfín. También teníamos días tormentosos, los cuales se sentían como huracanes, en comparación a los que habíamos pasado en los departamentos. Una tarde, el calor se hacía insoportable. Con el fin de al menos tener aire para respirar, estaba sentada en el jardín, distante unos 3 m aproximadamente de las bombas de agua, cuando veo que del sur avanzaba un cielo entre terroso y acerado. Comencé a refrescarme con esa brisa fresca, con la mezcla normal de gases del aire pero con ese aroma a ozono tan particular, cuando en un momento comenzaron los truenos a los que siguieron relámpagos y rayos. Pensé que tendríamos una tormenta seca así que, gracias al calor agobiante que nos persiguió todo el día, decidí quedarme afuera. Pero no pasó mucho tiempo para  darme cuenta del error de mi decisión: un rayo cayó en el alojamiento de las bombas. Sólo escuché el sonido seco de un “latigazo”. Lo próximo que recuerdo, fue haber cerrado la puerta de casa…..del lado de adentro.

Esa pequeña casita tenía el corazón muy grande. Si no eran todos los fines de semana, seguramente era semana por medio en que se llenaba de gente a degustar un rico asado. Nuestro trabajo era sumamente agotador. Éramos los dueños de institutos de computación que nos llevó nuestra juventud en un abrir y cerrar de ojos. Recuerdo que como llegábamos a casa muy tarde de trabajar,  al menos dos veces por semana, visitábamos una parrilla que quedaba en una esquina del pueblo, sobre la ruta. Éramos tan asiduos, que al vernos de lejos, nos preparaban una mesa con las tres sillas: una para E, otra para mí y la otra para la cuna de Junior, o más tarde, su sillita alta. Así que, los fines de semana, eran tal vez los momentos más esperados, en el que podíamos disfrutar de la compañía de familiares, amigos y compañeros de trabajo, porque el trabajo también nos visitaba en esos días de “descanso”. Esos días, nos levantábamos temprano y salíamos a comprar lo necesario al pueblo: carne, pan, bebidas, carbón, etc. Y las tardes terminaban en mates tomando sol o jugando a las cartas, partidos de vóley dentro de la piscina y picando lo que quedó del almuerzo, organizando el trabajo de la semana y disfrutando de una hermosa puesta del sol.

Al cabo de dos años de habernos mudado, llegó Junior, para alegrar con su sonrisa y su buena onda, nuestros momentos de stress y de trabajo 24x7. Allí, creció y jugó y también se partió la frente con el filo de la laja de una de las columnas de la galería. Por suerte, ese día había quedado el auto en casa así que lo subí rápidamente y fuimos al dispensario del pueblo. Esa fue la primera vez que vi cerrar una herida con la famosa “Gotita”.

A lo largo de la convivencia con mi hijo, tanto en Funes como en Bariloche, tenemos infinidad de anécdotas pero hay una en especial que se lleva todos los galardones. Y es por esa manía loca que tienen los niños, curiosos ellos, de investigar lo que los rodea y no dejar a los padres el tomar un mínimo descanso. Estando una tarde de invierno  en la cocina, y al percatarme que debieron pasar 10 segundos que no escuchaba  emisión de sonido por parte de mi vástago de sólo año y medio, comencé a llamarlo. No hubo contestación alguna. Vi la puerta principal abierta y entonces sí, comencé a sentirme muy mal. De sólo pensar en que la piscina estaba llena de agua y encima sucia, me sentí mareada. Salí desesperadamente de la casa y corrí hacia ella. No se lo veía ni adentro ni afuera de la pileta. Recorrí todo el parque, sin tener fortuna así que, ya en estado de llanto total, salí de la casa gritando su nombre. No hace mucho estuve en el barrio de Funes donde vivíamos y me llevé la grata sorpresa de lo construido que está ahora. Cuando nosotros habitábamos nuestra casita de calle Los pumas, éramos los únicos en nuestra manzana y no teníamos vecinos alrededor hasta unos 200m de distancia. Así que en ese momento, y ya entrando la nochecita, mi desesperación crecía al no verlo ni siquiera en la vereda. Pero no hice más que 50 m y aproximadamente a unos 150m de distancia se desplegó una imagen que no se me borrará por años: una personita de no más de 60cm de alto, enfundado en su monito celeste “charlando” amablemente con una vaca. Ni la vaca le entendía, ni él entendía por qué la vaca no contestaba a su ininteligible parloteo. Y entonces, sólo atiné a acercarme despacio, alzarlo en brazos y llenar de besos a mi pequeño gurrumín.






  

 

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