Llega Sandra!!!!

 Aclaración: esta semana, el domingo 2 de abril, mi hermana Sandra cumplió años. No diré cuánto porque se me puede enojar. El siguiente recuerdo, va dedicado a ella...

Durante siete años, fui hija única. Todos los cuidados eran hacia mí y todas las atenciones de abuelos y tíos maternos también. Mis padres siempre afirmaron que mi crianza no les devengó demasiado trabajo. Siempre fui una niña tranquila, de las que mi madre podía dejarme horas, según sus propias palabras, jugando con alguna muñeca en el cochecito, escuchando los discos de 78 revoluciones de Tchaikovsky de la colección de mi padre, divirtiéndome con el perro, etc. Recuerdo que de muy pequeña, tenía dos muñecas con las que pasaba mi tiempo: la rubia Lucy (muñeca que aún atesoro) y la Negrita, regalo de mi tío Miguel, al que siempre agradeceré ese presente que desde bebé, me enseñó a compartir mis juegos y respetar a las minorías.

Cuando tenía aproximadamente tres años, empezamos a vivir en el departamento de Bv. Avellaneda, en el barrio de Echesortu. El terreno era grande pero compartido con otros departamentos de tres tías paternas con cuatro primas. Al principio, nos alojamos en lo que luego sería el living de mis nonos. Recuerdo despertarme y quedarme largos ratos, mirando la réplica de una pintura del famoso pintor de la Boca, Quinquela Martín, donde observaba los detalles de un grupo de estibadores que trabajaban descargando cajas de un barco. Supongo que a mis nonos les recordaría aquellos días de desembarco, trabajo arduo y enormes sacrificios. Apenas mi padre pudo ahorrar, levantó como pudo un pequeño departamento de un solo dormitorio, al fondo de un pasillo kilométrico, al menos desde mi perspectiva. Esa sería mi casa de infancia, adolescencia y parte de mi juventud. Como dije, había un solo dormitorio ocupado por mis padres, patio trasero que más tarde adornaríamos con una parra donde yo paseaba con mis zancos comiendo uvas, baño y una especie de “salón de usos múltiples” donde se cocinaba, comíamos y dormía en un sofá cama.

Pasaban los años, y en los momentos en que no estaba en el colegio o haciendo la tarea, seguramente jugaba con alguna de mis primas. Con Ma, sólo necesitábamos trozos de papel a los que les dábamos forma de frutas y hortalizas y entonces en nuestra imaginación, nos convertíamos por una tarde en cliente y verdulera. Con Mi, buscábamos la forma de arreglarnos el cabello: yo soñaba con uno suelto y ella conque el lacio invadiera su testa. Pero al volver a casa, sentía que algo me faltaba. Yo no era como ellas, no tenía a nadie con quien pelear ni tampoco a quien cuidar.

Me considero una persona muy perseverante. Conozco a varios que me catalogarían con un concepto más fuerte y creo recordar el pedido que les hice a mis padres; fue aquel en el que reclamé esa compañía que me faltaba: la de una hermana. Y digo hermana porque la verdad es que nunca se me cruzó el sexo masculino. Y entonces comenzaron por meses los planteos. En mi caso, quería alguien con quien jugar, además de mis muñecos y por el lado de mis padres, tenían razones de peso para oponerse a un nuevo embarazo. Porque por un lado, yo no había nacido como una Barbie bebé, pesé más de 4kg y con cesárea,  lo que hizo que los médicos aconsejaran a mi madre cierta prudencia para una próxima gestación. Y además, convengamos que yo ya tenía 6 años al momento de mi pedido. En fin, sea como sea, mi terquedad pudo más y para fines de marzo de 1968, todos esperábamos con ansias la llegada.

Yo solía ir seguido a casa de mis abuelos maternos. Me encantaba pasar el tiempo en esa casa. Ocupaba toda una esquina. Tenía un comedor muy amplio, una muy pequeña cocina con mesita para comer, patio también pequeño, azotea en la cual pasaba gran parte de mis tardes de invierno y dos dormitorios siempre ocupados ya que mis abuelos maternos dormían en camas separadas desde que los conocí. De hecho, en mi cabecita infantil, imaginaba que todos los abuelos dormían así.  Pero las tardes de verano, no dudaba en jugar en un amplio garaje donde me armaba carpas con sábanas viejas y algunas sillas. El patiecito estaba adornado en modo selva, repleta de macetas donde abundaban las begonias y los helechos. Generalmente, yo llegaba para la hora “de la leche”. Ese y los desayunos eran de los momentos más esperados: tazón de café con leche o chocolatada acompañaban las medialunas recalentadas que mi abuelo siempre conseguía del día anterior en la Europea, una famosa panadería de Rosario de la que ya escribí, las cuales siempre sopaba en el humeante brebaje. Más tarde, seguramente era tiempo de sentarme a ver “Batman”, el de Adam West pero las plateas de las noches, siempre estaban reservadas para ver “Los intocables” con Robert Stack como Elliot Ness. Con mi abuelo Demetrio no nos perdíamos un capítulo. Y justamente, el 2 de Abril de 1968, me mandaron directo a casa de los abuelos porque estaba por nacer mi hermanita. Cuando promediaba casi media hora de tiros y aún sin esposar a Capone, mi padre llama por teléfono anunciando que Sandra había nacido y que mi madre estaba bien y mucho más aliviada: mi hermana nació con 4,450kg. No recuerdo si las dos tuvieron que permanecer unos días internadas pero lo que sí recuerdo con claridad, es la llegada de ambas.

Como la mayoría de las familias argentinas, la nuestra también festejaba cada fiesta de fin de año. Los 24 y 31 con mi familia materna, los 25 y 1 de Enero, con la paterna. Nunca faltaba nuestro arbolito que, aunque pequeño y con muy pocas ramas, nosotros adorábamos “armarlo”. No teníamos dinero suficiente para guirnaldas ni adornos comprados así que mi madre se las ingeniaba para que, a partir de diciembre, promediando las finalizaciones de clases, nos sentáramos frente a papeles glasé de colores y crepe rojo, tijeras, algodones y Plasticola y pusiéramos manos a la obra para fabricar los propios. Uno que siempre me gustaba ver cómo lo hacía era vaciando un huevo con dos pequeñísimos agujeros en las puntas y dibujando al rechoncho repartidor de obsequios utilizando fibra negra, algo de colorete y algodones para barba y bigotes. Y después de la estrella, fabricada con glasé dorado, venía el cómo organizar la disposición de las figuras en yeso del pesebre. Había una única excepción: el niño Jesús, que no era de yeso sino de un material que al oscurecer el ambiente, se destacaba con luz propia. El niño era desproporcionado pero eso no impedía que yo me maravillaba con su hermosura. Regordete, alegre y con una cabecita llena de rizos que yo imaginaba rubios. Ese día, al llegar mi hermana un día de abril, pensé que teníamos la Navidad cerca y creí que estaba viendo al niño en persona. Decir que esa bebé era hermosa, es quedarme muy corta con el adjetivo. Era una belleza, de puros cachetes rosados, cabello algo colorado y enormes y vivaces ojos que “filmaban” con curiosidad todo el entorno, tal vez presagiando la hiperactividad de los años posteriores.

Como la vida te ofrece todas las facetas, mis padres conocieron los 180° de mi comportamiento como bebé. Sandra siempre fue, por decirlo de alguna manera, una niña muy inquieta. Curiosa, enérgica, alegre pero de carácter muy fuerte. Ese mismo carácter, que más tarde terminaría en enfrentamientos con padre y madre, en la que yo asumiría el papel de mediadora de disputas de las cuales nunca nadie salía ganador. Cuando no escuchábamos a Sandra, el problema era aún peor: con seguridad, estaba haciendo algo indebido o peor aún, peligroso. Pasamos por dedos en enchufes, adornos rotos, ella patas para arriba con el andador de sombrero, de rodillas en el patio comiendo insectos o los cactus de mi madre y un sinfín de etcéteras.

Pero pocas veces en mi vida fui tan feliz. Le cambiaba los pañales, la bañaba, la vestía con cuidado y la llenaba de perfumes. A veces le daba de comer también, lo que hacía la diferencia con la rutina de muñecas. Mi hermana era mi muñeca animada, era mi mejor compañía de niña. Era para mí el niño Jesús en casa.


Segunda aclaración: la primera foto soy yo en mi moisés/cuna, jugando con mis muñecas. En la segunda, sostengo en brazos a mi hermanita bebé tamaño XL

 






Comentarios

  1. Respuestas
    1. Gracias, Gaby!!! Como diría Mafalda, ese día nos graduamos las dos de hermanas....jajajaj

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  2. yo también tuve esa infancia de parrales y casa chiquita. nunca nos sobró nada pero fuimos muy felices!!! Tal vez por eso siempre le dí más importancia al "ser" que al "tener" y también tengo una hermana menor. hermoso tu recuerdo Cecilia
    !!!

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    1. Gracias por tu comentario, Elsa!! A veces recordamos nuestra propia vida a través de la de otros, no??

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