Un evento inesperado

 

Si bien lo que pasó más adelante fue un hecho inesperado, comenzaré por relatar el recuerdo de algo totalmente esperado, como lo es la llegada a la luz del exterior de un hijo.

Ese día del martes 17 de Enero de 1995, comenzó obviamente muy caluroso en Funes, el pueblito distante 7km de Rosario, donde vivíamos con E, mi esposo en ese momento. Comencé a sentir alguna pequeña molestia desde el momento en que me levanté, pequeños dolores de contracción. Este fue un hecho esperable ya que hacía varios días, había estado investigando respecto del cambio de luna y su influencia en los partos y por eso sabía que el día 17 cambiaba la luna de creciente a llena. Debido a este hecho esperable es que, si bien había ido Silvana, la chica que me ayudaba con la casa, tuve que decirle que la dejaría sola trabajando porque me pareció prudente ir a ver al obstetra, que ese día justamente atendía en el pueblo. Pero el pueblo no era tan chiquito y como teníamos un auto solamente, tuve que caminar las 25 o 30 cuadras hasta la clínica y de paso ver si E, el bebé por llegar, se animaba a ir “bajando” ya que yo aún tenía la acidez y las arcadas propias de los bebés “remolones”. Al llegar, el médico me dijo que todo iba bien pero que todavía no era la hora, así que volví caminando a casa, bajo un sol sofocante de ese día de pleno verano.

Silvana  terminó de trabajar en lo suyo como a las 15hs y decidí recostarme en el sofá del living. Tal vez me quedé unos minutos dormida pero cuando eran como las 17hs las contracciones fueron aumentando en intensidad y dolor por lo que llamé a E padre para que viniera lo antes posible. El fuerte de E siempre fue el trabajo por lo que “lo antes posible” no lo entendió hasta las 22,30hs que apareció y me encontró en el baño, gritando en decibeles importantes para el oído humano. Como sabía de mis gustos por el jazz y especialmente por mi cantante favorito, Frank Sinatra, pensó que poner música de La Voz, haría que me calmara mientras se preparaba algo para cenar y esperar al médico que ya había llamado. La música no me calmó en lo más mínimo, como era de esperar y la milanesa con huevo frito que se preparó, tampoco ayudaron a las náuseas.

El médico, hombre con pocos años faltantes para jubilarse, llegó como a las 23,30hs. Después de revisarme, se llevó a mi marido afuera y logré escuchar que mi dilatación ya era de 15cm y las contracciones indicaban que el nido de E hijo estaba preparado para su salida. Infortunadamente, el que no estaba preocupado por salir era precisamente E hijo así que me dijo que había dos opciones: cesárea o pasar en vela toda la noche para ver si el pequeñín despertaba de su letargo. Creo recordar que tardé algo así como 3 segundos en decidir: cesárea, por favor!!!!

Casi de inmediato, después de partir el facultativo, emprendimos rumbo al sanatorio que no era una maternidad y que distaba unos 20km hasta el centro de Rosario. De hecho, y aquí comienzan las cosas “locas”, en esa clínica no había sala de maternidad ni quirófano para parturientas pero mi médico era socio del lugar y nosotros no teníamos obra social. Pasamos raudamente por el negocio de mis padres, un bar ubicado en una esquina muy concurrida de mi ex barrio Echesortu y alcancé a ver a mi padre al frente de la caja. Cuando llegamos, ya eran como la 1am y las enfermeras me estaban esperando para prepararme para la intervención.

Quirófano, epidural, calma de los dolores, preparativos varios y con todas las antenas paradas gracias a la anestesia parcial, a las 2,15am escuchamos como mi bomboncito lloraba al querer sacarlo de su zona de confort. Salieron de la “sala de parto” y se lo presentaron a su papá, el cual quedó embobado con su primogénito en brazos.

Dije antes que no había parturientas pero sí había mucha gente internada y por lo tanto, también habría personas que los cuidaban de noche. Por ello es que, en un momento se acercó una señora a preguntarle al anonadado papá si estaba solo, si no había más familiares esperando por el recién llegado a lo que se le respondió que, debido a la hora, estábamos sólo los protagonistas. La señora, muy solícita, le ofreció cuidar del bebé si él quería salir del sanatorio para llamar a la parentela. Recordemos que esto era  1995 y los celulares los veíamos en la caricatura de los Sónicos. A punto estuvo de dejarlo en manos de esa persona que decía cuidar a uno de los internados cuando en un destello de conciencia zen, “aquí y ahora”, el papá dijo que sería mejor llamar por la mañana cuando todos hayan despertado.

No volvimos a ver a esa señora y nunca supimos realmente de sus intenciones. Sólo recuerdo la llegada de mi “pedacito de panza” en su cuna, ubicarla pegada a mi cama, tomarlo de la mano y comenzar una nueva vida junto a mi tesoro más preciado.




Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El para qué de este blog

Un día en la la Isla de Wight

Claire: mi profe, mi amiga del alma