Un país con mil paisajes posibles-Parte II
Como decía en la parte número uno de esta entrada, fueron muchas las anécdotas que tenemos de nuestros días en Corfú. Amén de los intentos fallidos de aterrizaje, la "Ferrari" que nos dieron en el alquiler de autos y el reconocer finalmente la pista del aeropuerto, también hubo otras situaciones posteriores que nos llevaron desde la incertidumbre, al enojo pero también a la risa y la satisfacción. Algunas, podré contarles en esta entrada. Otras, quedarán para la parte final.
Luego de "conocer" la pista del aeropuerto, navegamos por el tumultuoso mar del tráfico de Corfú que en realidad, no tiene mucha diferencia a la de cualquier ciudad grande de la Argentina. Hasta las rutas parecen tener los mismos baches con lo cual, me sentía como en casa. Después de un freddo cerca del puerto, enfilamos para el microcentro peatonal que es bastante grande y donde se pueden encontrar infinidad de souvenirs para regalar al regreso del viaje: impresiones de cuadros de todos los tamaños, ropa de lino de excelente calidad y diseño, joyería, mantas, marroquinería, artículos de santería, productos regionales, etc. Justamente, en uno de los negocios, en los que había varios productos para degustar como aceitunas, tapenade, frutos secos y miel, en medio del asombro encontré también un dulce que mi madre cocinaba desde que yo era pequeña: quinotos en almíbar. Ella siempre me contó que de chica, su familia tenía una amiga a la que tanto ella como los hermanos, llamaban "tía". Parece que esta señora es la que le pasó su receta de los quinotos, la cual lleva todo un proceso de maceración muy particular y cocimiento posterior. Cuando entré al negocio, la dueña se quedó sorprendida por lo que le conté y me dijo que tal vez esa señora provenía de allí, de Corfú, porque era una receta exclusiva de la isla. Obviamente que con Claire degustamos todo, comenzando con lo salado y terminando con esos exquisitos quinotos. Seguimos caminando y parábamos cada tanto porque el cansancio se sentía en mis pies. En un momento, nos sentamos en una confitería y entablamos conversación con un señor muy simpático, escocés, que vive desde hace mucho en Alemania. Él y mi amiga, cerveza por medio. Y en mi caso, con una refrescante soda con la cual acompañamos una más que interesante conversación sobre todo, en cómo seguiría mi viaje por Sicilia a la semana siguiente. Apenas llegamos al departamento, mi amiga me propuso que la cena que yo tenía prevista, la dejáramos para la próxima noche y que saliéramos a buscar un lindo lugar donde comer rico. Y lo encontramos: un hermoso resto en la playa, donde sólo estábamos nosotras y donde degustamos una exquisita mousaka en mi caso y calamares mi amiga. Decidimos esa misma noche, que el día siguiente lo tomaríamos para recorrer lo que pudiéramos de la isla. Así que, al otro día después del desayuno, salimos a pasear con nuestra "Ferrari". Manejamos por rutas muy angostas atravesando pueblos con costa pero también hermosas casitas en las zonas montañosas. Donde pensábamos que sólo encontraríamos olivares, de pronto surgía una casa con vistas espectaculares al mar.
No sé si antes lo comenté pero Claire trabaja como instructora de natación y desde la semana anterior, sentía molestias en sus ojos pero colocándose unas gotas, el problema se subsanó....para ella. Porque apenas salimos, comencé a tener cierta incomodidad en mi ojo derecho que lo relacioné con alguna "basurita". Pero esa basurita generó un verdadero fastidio por la tarde. Uno de los pueblitos costeros que visitamos se llamaba Kavos y paramos en el estacionamiento de un hotelito que estaba cerrado. Pero cruzando la calle, había otro albergue en el que pude divisar unos reparos al sol, con techo de paja y silloncitos donde poder disfrutar de cocktails que preparaban en un salón contiguo muy bien provisto, el que a su vez, se encontraba pegado a una hermosa pileta de natación. Creo que lo pensé 30 segundos y al segundo 31 ya le estaba preguntando a la chica que atendía, si se encontraba abierto y si más tarde podíamos usar la pileta. Y como me dio respuestas afirmativas en ambos casos, me quedé en la playa esperando que Claire, que estaba hablando con los dueños del otro hotel, me encontrara cuando terminara su conversación. Conclusión: pasamos una tarde verdaderamente soñada. Disfrutando de nuestras bebidas, unas bruschetas con dulces tomates, charlas interminables y natación en esa hermosa piscina. Ya a esa altura, tenía claro que lo de mi ojo no era una basurita sino el haberme contagiado de conjuntivitis. Así que, este engorro se sumó a la tos persistente que mantenía desde Edimburgo. Para la hora de la vuelta a Moraitika, mi ojo ya estaba totalmente cerrado. Debido al lagrimeo que padezco desde hace meses (una de las consecuencias de mi medicación), tengo siempre conmigo unas gotas que recetaron. Me puse esas gotitas y realmente me ayudó mucho con lo que pude cocinarle a mi amiga una rica pasta que adorné con una salsa a base de tapenade de aceitunas negras, yogur griego, feta, sal y condimentos. Al terminar de cenar, comenzamos a prepararnos mentalmente para nuestro siguiente paso: la excursión de un día a Saranda, ciudad que queda nada menos que en Albania, país que limita al norte de Grecia. Pero eso sería al día siguiente . En ese momento, éramos sólo sólo dos amigas disfrutando de una cena con receta propia.
Una hermosa noche, tranquila, de charla gratificante, de vistas a un azul chispeante y profundo, como ese cielo repleto de estrellas, como nuestras risas, como nuestra alegría de poder compartir una amistad infinita.






qué lindo relato !!!
ResponderEliminarGracias, Elsa!!!!
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