A cocinar se ha dicho!!
Como
buena familia de tanos de la que provengo, la gastronomía siempre ha sido un
tópico fundamental. No creo equivocarme si afirmo que la mayoría de nuestras
actividades, giraban alrededor de ella. Y nótese que dije “gastronomía” y no
solamente cocina porque para nosotros era tan importante lo que se servía en
plato, como lo que contenían las compoteras y las copas. Cada pincelada
aportaba al cuadro, cada parte hacía al todo.
Tanto
mi padre como nosotras las hijas, tuvimos la suerte de tener una mujer al
frente de la cocina a la que poner manos a la obra, no le costaba en lo
absoluto. No recuerdo un solo día en que mi madre se haya quejado de tener que
cocinar. Eso sí, nunca cocinaba algo que a ella no le gustara con excepción de
la sopa. Emulando a Mafalda, aquel entrañable personaje de Quino, odiaba la
sopa desde chica. Pero la sopa en casa era una extensión del día de puchero,
generalmente de carne de vaca aunque algunas veces, probaba con pollo o gallina
que mi padre traía del campo. Que no se entienda mal, la única tierra que
poseíamos los Mangione Panagiotas estaba en las macetas del patio. Pero mi papá
cada tanto sentía la necesidad de dejar la ciudad por un tiempo, se tomaba una
mañana o una tarde, y salía a algún pueblo cercano a Rosario, visitaba chacras
pequeñas y traía enormes bolsas. Los penachos de los choclos generalmente
sobresalían como coronando el contenido que podía tener interminables atados de
acelga, espinacas y radichetas, papas, zanahorias, camotes, zapallitos y hasta
huevos a los que llamábamos “caseros” como si hubiera alguno fabricado por
alguien más que no sean las gallinas.
Como
ya lo aclaré en otro capítulo, mi ascendencia resulta variopinta: italianos,
griegos y españoles con un touch
acriollado por lo que los menúes resultaban proporcionales a los genes
heredados. Así, un día podíamos almorzar milanesas con papas fritas pero cenar
unos exquisitos tallarines caseros con el mejor tuco del mundo y otro día se
darían los pimientos o berenjenas griegos rellenos o la receta de acelgas y
zanahorias con salsa bechamel de mi abuela Adelaida, la única criolla con
ancestros españoles. No hay vez en la que actualmente haga esa receta, y no me
lleve a su memoria. El aroma que imprime la mezcla de acelgas salteadas con las
cebollas y las zanahorias o el emanado de la nuez moscada en la bechamel, me
llevan a esa pequeña cocina donde la abuela hacía maravillas. Nomás entrar a su
casa, ésta podía estar invadida de niños envueltos en hojas de acelgas o
repollo, estofado de pollo o su inolvidable tuco hecho con los menudos de ave
que saboreáramos con arroz. Pero los verdaderos días de fiesta eran aquéllos en
los que nos reuníamos en su casa para algún festejo, abríamos la puerta y allí
estaban: cual soldaditos formados uno al lado del otro y emanando la
inconfundible fragancia de la mezcla de pasta y espinacas, los “fideos
rellenos” de la abuelita mejor cocinera del mundo. Esos arrolladitos que los
compartía después del pollo con salsa roja, eran la culminación más sublime de
un domingo de invierno.
Como
nunca me gustó el levantarme temprano, la vida me deparó todos los colegios de
mañana. Tener que estar de pie a las 7 de la mañana todos los días, era un
esfuerzo sobrehumano para mí. Nunca desayunaba (porque tenía el tiempo justo
para despertar y levantar a mi hermana y salir caminando las ocho cuadras que
nos separaban del colegio) y casi nunca tenía comida para el recreo. Así que,
al llegar a mi casa y abrir la puerta del pasillo que daba a la calle, era
sumergirme en un museo de aromas que atravesaban las costeletas con ensalada de
mi tía María, los fideos con manteca de mi tía Tita y luego deleitarme con lo
que mi madre tenía preparado. Para mi padre las pastas eran con tuco, nada de
manteca ni crema. Así que, cuando tenía algún viaje al interior (ya dije que
era viajante de una empresa de metales para construcción y más tarde vendedor
de piedras y lajas), con mi madre sabíamos que un día seguramente almorzaríamos
ravioles de ricota con manteca y si el almuerzo era en verano, la bebida sería
un rico vino Zumuva dulce con hielo y soda o un Cynar con naranja.
Al
ir creciendo, todo lo visto y “estudiado” a lo largo de mi infancia, lo puse en
práctica. Ni bien entrada mi pubertad, recuerdo haber preparado pasta con tuco
para alrededor de 12 personas en una salida grupal familiar de vacaciones a
Córdoba. El pescado, ya sea de mar o río, no era del gusto de mi madre así que,
salíamos un día antes con mi padre, nos acercábamos a las orillas del Paraná en
la Florida de Rosario, elegíamos una hermosa boga y algo de surubí para un buen
chupín y yo lo asaba, bien en el Club Naútico o en la parrilla de casa. Aún
hoy, al visitar mi ciudad natal, el olor del río me recuerda esa carne jugosa
con sabor propio y el trabajo de esos incansables pescadores que “la reman”
literalmente todos los días entre bajantes y camalotes para aportar un mínimo a
la mesa de sus hijos.
Ya
de adulta viviendo en Funes, madre de mi bebé y previendo la separación con mi
marido, pensé en profesionalizar mis experiencias culinarias estudiando una
Tecnicatura en Gastronomía. Desde mis 17 años, hice terapia y promediando la
década de los ‘90s, mi terapeuta me consiguió una entrevista con el socio de su
hermano que, en ese entonces, tenían un restaurant de cocina española de 4
tenedores. Entré para trabajar sólo de jueves a sábado atendiendo la barra de
18 a 1 o 2 de la mañana: reposición de bebidas, despachos de cafés y
realización de postres especiales. Más tarde, pasé a la cocina como asistente
del chef y, entre cochinillos y paellas, trabajé casi 3 años. En la misma
época, también cociné en una parrilla de la ciudad San Lorenzo, donde conocí
cómo preparar unas riquísimas empanadas de armado y donde sin perder el tiempo
apenas entrar, facturaba mousse de chocolate y flan casero que pedían todos los
días.
Comenzando
el actual milenio y cómodamente instalados ya en Bariloche, la idea obviamente,
era encontrar un trabajo similar al dejado viviendo en Funes. Así que comencé a
dejar CVs en restaurants y cafeterías, pero desistí del intento después de
trabajar a prueba en una cervecería muy conocida de Bariloche por un fin de
semana y llegando el domingo por la noche, tener que escuchar que yo no era lo
que buscaban así que no me tomarían. Pero mi asombro se hizo notar cuando
también me despidieron deseándome suerte en la búsqueda y sin pagarme las horas
trabajadas. Desde ese momento, mi
relación con los alimentos y la preparación de comidas y bebidas, discurrió en
forma mucho más relajada. Conocí el cordero y sus diferentes formas de
cocinarlo, mi amiga Claire me llevó hasta su país con sus famosos curries,
incursioné en la comida árabe y en la griega, realizando platos dulces y
salados que aprendí en un viaje a Atenas que realizamos con Guillermo en el
2019, me despaché con asados de fin de semana, etc, etc.
Recuerdo
sándwiches de entrañas asadas que degustábamos con mi pequeño Junior, sencillos guisos que
comíamos en épocas de vacas flacas, milanesas de carne de vaca, de pollo o
vegetarianas, arroz blanco con cazuela de calamares, asados a la leña que aún
preparo con acompañamiento de panes rellenos a la parrilla, pastas caseras,
ragú de cerdo o cordero y muchos etcéteras.
También
vienen a mi memoria cientos de anécdotas relacionadas con comidas y bebidas.
Como aquella en la que en plena pandemia, mayo de 2020, y viendo que sólo nos
quedaban 2 botellas de champagne, organicé una logística que me llevó dos
semanas para que llegaran 2 cajas de la burbujeante bebida, desde Mendoza a
Bariloche. Hace un tiempo ya que el vino espumante es una de mis bebidas
preferidas por lo que en casa, siempre tenemos alguna botella en la heladera,
lista para degustar. Después de unas cuantas semanas de encierro total, se
abrió una ventana, al permitirnos salir a comprar “productos esenciales” según
el día y según la finalización de nuestro número de documento. Por fortuna, mi
documento termina en 5 y el de Guillermo, mi pareja, en 8 por lo que podíamos
salir todos los días. Pero las compras debían realizarse en los llamados
“comercios de cercanía” y el precio de las botellas que yo estaba comprando en
el centro de la ciudad, era muy menor al de mi cercanía. Por lo tanto, analicé
las posibilidades de contactarme directamente con la bodega en Mendoza. Al
hacerlo y explicar la situación a la señorita que me atendió, parece ser que se
apiadó de ella, y me comentó que podría enviar dos cajas con un transportista
que periódicamente cargaba en Mendoza, pasaba por Bariloche y finalmente
terminaba su viaje en Sarmiento, provincia de Chubut. Así que esperamos la
confirmación de su salida y al ponerme en contacto con él, me explicó el
recorrido que realizaba en toda la ciudad, antes de tomar la ruta que lo
llevaba a Bolsón y más al sur. Esa ruta, bendito sea Baco, pasa muy cerca del
barrio donde vivo, Villa Los coihues. El día del trasbordo de las espumantes
cajas debía ser un miércoles. Los miércoles podían salir sólo los números
pares. Conclusión: le tocó a Guillermo llegarse hasta el cruce de la salida del
barrio con la ruta 40, esperar el camión y realizar el tan ansiado trasbordo.
No hay vez que abramos una de las botellas, que no hayamos recordado y festejado
el ingenio de esos días que, aunque tristes, nos sirvió para alegrarnos por
varias semanas.





Hola Ceci, admiro tu talento para cocinar. soy una persona que me gusta comer bien y combinar sabores. pero nunca tuve el talento para hacerlo bien. te felicito!!!
ResponderEliminarLo importante, Elsa no es la comida. Ésta es sólo una excusa para compartir deliciosos momentos con otros.
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